Hacia el final del siglo
XIX, la Revolución Industrial había generado ya una gran controversia,
tanto en
la sociedad como en el mundo artístico. Este «progreso» no fue bien recibido
por la sociedad intelectual: escritores, pintores, académicos y demás
conservadores, escandalizados, se esforzaron por contrarrestar este avance.
Surgió entonces el
movimiento de artes y oficios que proponía regresar a lo esencial, al objeto
único, a la estética simplista y funcional. Este rigor conservador puso la
mirada de nuevo en lo clásico y limitaba la creatividad. Hacia 1890, en el
panorama creativo se originó una nueva tendencia: el art nouveau, cuyo
precursor, William Morris, había participado en el movimiento de artes y
oficios, pero con una visión más amplia y progresista.
Ya fuera en dibujos, grabados,
carteles, revistas, pintura y poesía; ya fuera moldeada en hierro, cristal,
bronce o madera; ya fuera en la arquitectura, en la poesía, en la pintura o en
las artes aplicadas, la sensualidad de la mujer fue el tema a desarrollar: la
voluptuosidad de un vestido, el vuelo de una larga cabellera, el misterio de
una figura semidesnuda, la belleza prístina de la juventud y la blancura de una
piel suave. Las flores, la hiedra, los lirios, el nácar, las mariposas y las
libélulas, así como las nubes y los cisnes simbolizaron la exaltación sensual
del tema femenino, del cual surgió una nueva estética ornamental.
Si bien cada versión
regional del art nouveau tiene su propio sello, su propio simbolismo, su
propia influencia, todos los representantes de este movimiento tienen en común
la versatilidad. Se trata de nuevos humanistas, hombres universales cuyo
quehacer abarcó más de una disciplina.
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